Oir la palabra “tecnología”  nos sitúa inevitablemente a las puertas  de la Ciencia, el Liderazgo Industrial y los Retos Sociales (H2020). Pero, en  la sociedad en la que vivimos, ¿invertimos o gastamos en tecnología?

Lamentablemente la implantación de soluciones informáticas en los negocios se sigue considerando un gasto y su amortización no se incluye al valorar los resultados positivos de un ejercicio.

Parece que nos hubiéramos quedado anclados en el tiempo manteniendo como válidos los sistemas predigitales con los que trabajabámos,  y  a los que nos hemos acostumbrado. Pensar en un cambio o en una adaptación a los nuevos modelos de negocio que se imponen es un gasto y, además, titánico.

Invertimos en infraestructuras y empleados pero… gastamos en software.

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Un cambio de mentalidad

Los nuevos escenarios  ya no contemplan el utilizar únicamente un equipo informático  o sólo en el trabajo. La telefonía móvil y el desarrollo de todo tipo de tecnologías han sentado unas bases que evolucionan en materia  de comunicación y de relaciones. 

Supongamos, por ejemplo, una oficina a finales de los  90. La incorporación de los ordenadores y sus procesadores de texto, hojas de cálculo etc  como herramientas de trabajo produjo para  muchos algún que otro dolor de cabeza.

Abandonar la máquina de escribir o los grandes archivadores de papel e integrar el correo electrónico en muchas rutinas  obligó a un  cambio de mentalidad para ejecutar  las mismas tareas.

La implantación del software se asumió como un gasto adicional (no como una inversión) para aumentar la productividad y mejorar la gestión debido a las posibilidades que proporcionaba.  Cambiamos nuestra forma de trabajar, pero la cultura tecnológica no se instauró entonces  y lo arrastramos y mantenemos en la actualidad.

A nivel particular utilizamos la tecnología, convivimos con ella y la empleamos para diversos fines asumiendo sus beneficios. ¿Porqué a nivel empresarial no?

Buscando la inversión

Que la tecnología está ahí lo sabemos todos. Pero conocerla  y poder utilizarla es otra cosa:

  • Conocer su valor real es convertirla en un motor que impulse nuestra diferenciación.
  • Afrontar los cambios técnicos que implican su implantación, el paso necesario para rendir más.

Se trata de dotar a nuestros negocios de mayor capacidad, de modificar su orientación y de favorecer la flexibilidad laboral, la movilidad  o la deslocalización si se precisa.

Subirse al carro tecnológico no consiste en apuntarse a la moda de lo último en soluciones. Busquemos la inversión.

Podemos gastar en software si hacemos un ensayo-error, implantando lo primero o lo segundo que nos ofrezcan sin delimitar nuestras necesidades reales.

Podemos invertir en software si adquirimos las herramientas que determinen un crecimiento sostenible a largo plazo.

El gran salto provocado por Internet  ya ha constatado que los modelos de gestión actuales no se adaptan a los nuevos requerimientos del mercado. Pero, además y paralelamente, ha favorecido la aparición de tecnologías libres que nos permiten disponer de aplicaciones informáticas con costes de implantación y desarrollo mucho más reducidos y que derriban el gran muro del gasto para multitud de empresas.  

Podemos gastar en software si optamos por aplicaciones que nos restrinjan su uso.

Podemos invertir en software si empleamos aplicaciones que nos proporcionen un desarrollo  en cuanto a modificación, distribución o soporte.

Cloud, ERP, CRM ….. y mil  conceptos informáticos más nos pueden sonar o no.  Pero lo cierto es que están ya a nuestra disposición y que de nuestra actitud y de una orientación especializada dependerá el utilizarlos. 

 

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